Autoestima

Autoestima: el camino sagrado de mirarte al espejo y volver a tu esencia

La autoestima como acto espiritual cotidiano

La autoestima no se construye de un día para el otro, ni nace de fórmulas rápidas ni de palabras vacías. Se va gestando en lo íntimo, en lo cotidiano, en esos pequeños actos de amor consciente que elegís repetir aun cuando nadie más los ve.
Y uno de esos gestos, tan simple como profundo, es mirarte al espejo con presencia y verdad.

Mirarte no es solamente observar tu rostro ni evaluar tu imagen. Es abrir una puerta hacia tu interior. Es permitirte ver más allá de la forma, atravesar las capas de lo aprendido, de lo exigido y de lo impuesto, para encontrarte con aquello que sos en esencia: luz, historia, sensibilidad y fuerza.

El silencio que te devuelve a vos

Cuando te colocás frente al espejo con intención, algo dentro de vos se detiene.
Respirás… y por un instante, el ruido del mundo se aquieta.
En ese silencio suave comenzás a recordarte.

Porque mirarte desde la conciencia es un acto espiritual: es volver al centro después de haberte dispersado tantas veces en las expectativas ajenas, en las comparaciones, en la prisa.

Todas tus versiones te habitan

En esa mirada se encuentran todas tus versiones:
la mujer que sostiene, la que lucha, la que se cansa, la que duda…
y también ese niño interior que sigue esperando ser visto, validado y amado sin condiciones.

Cuando te mirás con ternura, ese niño descansa. Comprende que ya no necesita esconderse ni defenderse, porque por fin tiene a alguien que lo cuida desde adentro: vos misma.

Mirarte es transformarte

Mirarte al espejo de forma consciente es un ejercicio de transformación.
Es decirte, sin palabras:

“Estoy aquí conmigo.
Me acepto.
Me escucho.
Me acompaño.
Me permito ser.”

Cada vez que repetís este gesto, algo se reordena en tu energía.
La crítica se suaviza.
Las exigencias pierden fuerza.
Las máscaras comienzan a caer.

Y aparece un espacio de coherencia interior donde te descubrís más auténtica, más conectada, más alineada con tu verdad.

Cuando tu mirada se vuelve refugio

Tu autoestima florece cuando tu mirada deja de ser un juicio y se convierte en un refugio.
Cuando dejás de buscar aprobación afuera y empezás a reconocerte adentro.
Cuando comprendés que no necesitás alcanzar una perfección externa, sino recordar la perfección sutil que ya habita en tu alma.

Ahí comienza la verdadera espiritualidad:
no en lo que mostrás al mundo, sino en cómo te habitás a vos misma.
En cómo te tratás cuando nadie te observa.
En cómo te hablás cuando fallás.
En cómo te abrazás cuando te sentís vulnerable.

El espejo como portal sagrado

Mirarte al espejo se vuelve entonces un portal.
Un regreso al “Yo Soy”.
Un recordatorio silencioso de que sos suficiente, valiosa y digna, tal como sos, en cada etapa de tu camino.

Y cada vez que atravesás ese portal con amor, tu luz se expande un poco más.
Porque cuando te reconocés, te sanás.
Y cuando te sanás, también iluminás a otros, sin siquiera proponértelo.

Hoy te invito a algo simple y poderoso:
detenete frente al espejo, mirate con suavidad y preguntate en silencio:

¿Desde dónde me estoy mirando hoy: desde el amor… o desde la exigencia?

Y recordá: cada vez que elegís mirarte con amor, estás regresando a tu esencia.

¡EN EEKE MAI EA!
¡Te quiero tanto!

Patricia